Sevilla 3: Documentando paisajes, describiendo emociones en ninguna parte…

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Decía Antonioni que realizaba sus películas según la ficisidad de sus paisajes. Los personajes, las historias mutaban para construir el relato a través de los lugares. Naturalezas vivas o muertas, que hacían que el arco de transformación se acentuara.

Nunca un documental había sido antes premiado con el León de Oro en Venecia, tuvo que ser italiano y ahora se presenta en sección oficial de Sevilla: Sacho Gra. Este es el nombre de, para que nos entendamos, la M-30 romana, la carretera de circunvalación que rodea la ciudad de Rómulo y Remo, ante la que se asientan miles de familias. Y todas con alguna historia.

El trabajo del documentalista consiste primero en poner el foco sobre un tema concreto y después en acotarlo. Atendiendo a lo primero, se habla de las gentes que viven alrededor de dicha carretera; para acotarlo se deben seleccionar los momentos de sus vidas que elaboren una historia. Nos parece excesivo este premio en Venecia, más que nada porque hay diferentes producciones a lo largo del globo, incluida la Nacional VI de Pela del Álamo, que están cercanas a Sacho Gra no sólo en fondo sino también en forma. Lo que es indudable es la sensibilidad de este cineasta y también su saber hacer.

Costa da morte comienza con una frase que resume toda la experiencia sensitiva que produce la película: “Nun entrar do home na paisaxe e da paisaxe no home creouse a vida eterna de Galiza” Es una cita de Castelao, que este joven director de Vigo de tan sólo 30 años, ha situado al inicio de este metraje sensible y perpetuado en un tiempo inabarcable. Consiguió el Premio al mejor director o cineasta emergente en el Festival de cine de Locarno.  Su cine es magia, es descubrir un lugar desde sus sonidos, sus paisajes, sus diálogos, sus silencios. Si algo es curioso de este Costa da morte es que era considerado la puerta del infierno durante el Imperio Romano y que su director conoció este lugar antes en su imaginación, en su imaginario visual, que en su forma física. 

La nota amarga del día la puso contra todo pronóstico Arnaud Desplechin, quien presenta una película vacía, caótica en sección oficial: Jimmy P. Que a Mathieu Amalric le acompañe Benicio del Toro, que la novela haya sido escrita por George Devereux o que del mismo cineasta hayan llegado joyas como: Un cuento de navidad o Reyes y reina, no basta para que esta cinta deje algo de huella, y que sea positiva, porque huella deja, pero duele, porque no te lo esperas. Al final de la Segunda Guerra Mundial, Jimmy Picard, un indio Blackfoot que combatió en Francia, es ingresado al hospital militar de Topeka, en Kansas, un establecimiento especializado en las enfermedades del cerebro. Jimmy Picard sufre de varios trastornos: vértigo, ceguera temporal, pérdida de audición… Sin causas fisiológicas, el diagnostico que se impone es la esquizofrenia. La dirección del hospital decide sin embargo, pedir la opinión a un etnólogo y psicoanalista francés, especialista en culturas amerindias, Georges Devereux. Y sin más, todo vacío, diálogos absurdos y atmósfera prescindible.

Y llegó de nuevo el cine español, con dos películas prácticamente opuestas. La primera forma parte de la Nueva Ola de Cine español perpetrada por cineastas de la talla de Jaime Rosales o Javier Rebollo. Cine minimalista, independiente, sin histrionismos ni pretensiones, lejano al maniqueismo y más aún a las bondades sentimentales: Alberto Morais presenta en las Nuevas Olas: Los chicos del puerto, su segunda ficción tras Las olas. Una historia mínima, de amistades, familia, de nietos, de abuelos, de búsquedas y de sueños; pero sobre todo de memoria, la constante en el cine de Alberto Morais.

Y por último, en este completo tercer día de festival (ya van casi seis) vimos una de las películas más esperadas. El regreso de Ramón Salazar tras sus 20 centímetros. El cineasta español cautivó a muchos con su ópera prima: Piedras tras pasar por el mundo del cortometraje. Mucho se esperaba de esta vuelta, escondida, cosechada casi como los grandes vinos. Y asombra y defrauda. Asombra porque puede convertirse sin exageración en un Amelie español. Tiene todo lo que aquel éxito galo: Grandes intérpretes, historia bonita; personaje fascinante, y mimo a la hora de rodar y de jugar con la dirección artística y la luz. A este experimento español se prestan en estado de gracia los intérpretes: Najwa Nimri, Lola Dueñas y sobre todo Andres Gertrudix, un actor que demuestra que deberíamos tenerle mucho más en cuenta. Y sin embargo, la película ha defraudado a la mayoría de la crítica y admirado a buena parte del público, quizás por su ausencia de complacencia. Gertrudix interpreta a un personaje delicado, crudo, ataviado de mil y un sueños para huir de su rutinaria y vacía existencia. Las 10000 noches podrían ser las que cualquiera hubiéramos querido tener, quizás en cualquier parte, con la mejor de las compañías. Pero a veces no nos atrevemos a soñar por miedo a que los sueños se hagan realidad.

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