Antes que el diablo sepa que ha muerto Philip Seymour Hoffman

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Cuando un artista fallece, no es como si muriera uno más, se nos va la posibilidad de seguir contemplando su obra; se nos pierde la manera de disfrutar con sus creaciones. Y hoy no se ha ido uno cualquiera, ayer falleció uno de los mejores intérpretes de nuestro tiempo: Philip Seymour Hoffman, contra todo pronóstico murió a los 46 años de edad, se dice que por el síndrome de Hollywood, una sobredosis. Al parecer se le ha encontrado con una jeringuilla colgando en el brazo pero ni somos un medio sensacionalista ni nos interesan ni conocíamos sus excesos con las drogas y sus recaidas de los últimos meses. Nos mueve que ya nunca podremos ver interpretaciones nuevas de este gran actor, para muchos considerado el secundario de oro de nuestros días. Y ante esa pérdida irremediable, devastadora, que sólo se recuerda ante lo que sentimos con la ausencia del malogrado Heath Ledger, sólo podemos revisionar su obra y darle nuestro pequeño homenaje. Hoy en esta página, me acompaña otro crítico de cine, David Blanco. que suele escribir para la página http://www.nosoloindie.com. La sensibilidad y el amor al cine y a este actor recientemente fallecido, nos unen, además de una bonita amistad.

Hoy unimos nuestras palabras como recuerdo a este intérprete seleccionando, antes de que el diablo sepa que él ha muerto, nuestras 10 interpretaciones imprescindibles de Don Philip Seymour Hoffman. Cualquiera de ellas ya merecería un antes y un después en la historia del cine; pero todas juntas, hacen de él, uno de los mejores actores con los que contábamos hasta ahora. Sólo queda revisar su filmografía y que le demos el lugar que merece en nuestro imaginario y y en nuestra cinefilia.

Como sería ilógico ordenar las películas siguiendo criterios completamente subjetivos, nos hemos limitado a seleccionar las diez mejores interpretaciones para nuestro gusto y las hemos analizado a través exclusivamente de la interpretación de Phillip exponiéndolas de manera temporal.

Su carrera oficialmente empezó en un papel de la serie Law and order, pero en el cine, los datos alcanzan 1992: Scent of a woman, después Los Coen, Paul Thomas Anderson, Cameron Crowe y un sin fin de papeles inolvidables.

HAPPINESS (Todd Solondz, 1998)

Philip Seymour Hoffman venía de haber estado realizando películas en los últimos seis años, Scent of a woman (1992) e incluso las dos primeras colaboraciones con su director fetiche: Paul Thomas Anderson, y se aventuró, de la manera visceral, a trabajar con un autor conocido por su sordidez e irrreverencia. El papel que Todd Solondz le ofreció para Happiness era una delicia escondida en un ser indecente y pervertido enamorado secretamente de su vecina Helen. Esta película se convierte con permiso de American beauty (Sam Mendes) en una de las mejores cintas estadounidenses que se hicieron en los 90. Es una película desasosegante y nos habla precisamente de que la felicidad consiste en que no hay que pensar en tenerla. Retratos maquiavélicos y deudores de un cine kitsch y trasnochado, el de Todd Solondz, siempre amigo de los desastres mundanos, de la pedofilia, la desestructuración de las familias y como no, de las perversiones sexuales. Hoffman destacaba en un reparto sublime entre todos los personajes de este puzzle indecoroso.

EL TALENTO DE MR. RIPLEY (Anthony Minguella, 1999)

El Philip treintañero era irreverente, irresponsable, mujeriego; con lengua viperina y venenosa. En la película de Anthony Minguella su figura sólo salía un par de minutos; y le daba tiempo a que Tom Ripley, alias Matt Damon, alias un asesino con identidades varias, le sacase de quicio.

Le bastaron unos sencillos manierismos, unos toques de piano, para desenmascarar la treta bien ungida de Ripley. Freddy Myles, como se llamaba por aquel entonces, era un diablo de mala madre. Philip supo impregnarle de esa dosis de altanería, desprecio y gratuita arrogancia suficiente para que le odiásemos. Pero también de admiración; un pequeño papel y sin embargo, aún recordamos el regusto incómodo que dejaba.

MAGNOLIA (Paul Thomas Anderson, 1999)

Magnolia supuso un primer punto de inflexión en la carrera de Philip. Repite con P. T. Anderson tras Boogie Nights y no sólo le regala un personaje de mayor envergadura; también lleva su nombre y una dulzura poco explotada en su carrera. En Magnolia es, por tanto, Phil, enfermero que sirve de puente para que un padre moribundo y un hijo consumido por el rencor se reencuentren. Él se convierte en reflejo y uno de los puntos blancos y amables de una obra capital del cine independiente de finales del siglo pasado; no sólo por su bienintencionada empresa, sino que en su rostro, mientras busca al hijo descarriado (salvaje Tom Cruise), se dibuja la incomprensión e incredulidad por un mundo áspero y duro, más duro que él mismo, que lo arrasa todo, aunque si bien en la película tiene final feliz, en la vida real se lo lleva incluso a él (recordemos que las primeras pesquisas de su muerte indican a una muerte provocada por sobredosis de heroína).

LA ÚLTIMA NOCHE (Spike Lee, 2002)

Puede que no sea un papel tremendamente recordado, puede que no haya caido del lado de las interpretaciones memorables, pero Seymour Hoffman era el perfecto contrapunto al protagonista de esta película. Edward Norton ha sido condenado a siete años de cárcel, le quedan 24 horas libres y las va a pasar con las personas que han sido más importantes en su vida. Philip Seymour Hoffman es Jacob, uno de los mejores amigos de juventud del protagonista, un tímido profesor de instituto enamorado de una de sus alumnas. Otro ejemplo de sordidez narrativa y de malos hábitos. Una comprobación de que “el que esté libre de pecado debe tirar la primera piedra”.

CAPOTE (Bennet Miller, 2005)

Capote, película que realizó con el cineasta Bennet Miller con el que fundó en la Universidad de Nueva York la compañía teatral Bullstoi Ensemble, se convirtió en la más importante de su carrera. Philip se transformó de una manera visceral en el autor Truman Capote. Adoptó su manera de vivir, de hablar, de moverse, se convirtió de manera fascinante en el importante escritor. Con Capote Philip ganó todos los premios (o casi) a los que estuvo nominado, incluido el Oscar. La película contaba la historia de transformación del propio autor al leer y poder investigar en primera persona, los sucesos que le llevarían a escribir una de sus mejores novelas: A sangre fría. Philip modificó su tono al hablar, su forma de vestirse y su amaneramiento exacerbado. Su interpretación es con permiso del resto de su carrera “Música para camaleones”.

LA GUERRA DE CHARLIE WILSON (Mike Nichols, 2007)

Tras su Oscar, Philip se convierte en el extravagante de Gus, cómplice de la pantomima que planea Charlie Wilson (Tom Hanks) y que constituyó uno de los puntos más caros de la historia bélica de los Estados Unidos. Philip vuelve al terreno de los personajes secundarios pero con otro cariz; ya no sólo nos quedamos con su cara, sino que roba y eclipsa a los protagonistas. Así, una Julia Roberts multiafeada tiembla ante su presencia, consciente de que ésta vez es él quien se lleva el gato al agua; mientras que aprieta las tuercas a un Tom Hanks con ropa floreada y mala fama en la CIA. Gus es puro rock and roll; le dan libertad para componer a un personaje estrambótico y consigue que todos acaben alabando lo que es suyo por derecho propio; el ineludible magnetismo del secundario, que luce y se come el plato fuerte cuando aparece. Segunda nominación al Oscar.

ANTES QUE EL DIABLO SEPA QUE HAS MUERTO (Sidney Lumet, 2007)

Y de repente, Sidney Lumet, uno de los mejores cineastas y creadores de la historia, el responsable por ejemplo de 12 hombres sin piedad, le regala cuatro años antes de su propia muerte, un papel increible, en su testamento fílmico. Sidney fallecería en 2011 dejando esta joya como última película. Era un actor capaz de hacer cualquier personaje y aquí realizaba un peligroso papel, que recuerda a su inesperado final: un ejecutivo heroinómano muy ambicioso que decide proponer a su hermano pequeño el robo sin violencia ni forcejeos de la joyería de sus propios padres. Un apasionante thriller que deja entrever la insoportable levedad del ser, la desgracia humana y nuestra incapacidad para ponernos límites aún sabiendo que las consecuencias pueden ser terribles. Lumet publicó uno de los mejores libros que existen sobre el arte cinematográfico: Así se hacen las películas y Hoffman con cada interpretación reescribe la manera en la que se debe actuar.

LA FAMILIA SAVAGE (Tamara Jenkins, 2007)

¿Qué queda cuando tus lazos familiares son desconocidos? ¿Cuándo el reencuentro con tu hermana (y tu padre) supone el reconocimiento de ciertos fracasos? ¿Qué queda, cuando los dos os quedáis parados, sentados en un sofá, mientras la vida sigue pasando y vosotros seguís parados? Esta vez Philip se esconde tras Jon Savage; repitiendo registro de perdedor, de conformista, de suave y tirano individualista, que ha sacrificado cualquier atisbo de vida emocional por un ideal que no se cumple. Y qué más da, que en este medio camino, Jon se tenga que reencontrar con su hermana, neurótica y rotunda Laura Linney, mientras Philip juega a mostrar la luz en las miserias humanas, hasta hacerlas más humanas, incluso tristemente reconocibles. Nuestro Philip siguió su ascenso hacía su madurez interpretativa con esta pequeña y optimista película; que encierran un personaje que, sin querer, puede recordarnos al propio Philip, a cierta sonrisa, a cierto enganche por las historias sencillas.

LA DUDA (John Patrick Shanley, 2008)

En la obra de teatro filmada de John Patrick Shanley, Philip se calzaba el traje del Padre Brendan y se dejaba las uñas largas para sembrar la duda, una duda razonable, en el convento en el que durante una etapa fue señor y jefe. Pretendía ser un soplo de aire fresco; una venida de ideas nuevas, pero la férrea voluntad de la Hermana Aloysius (una impresionante Meryl Streep) chocó directamente contra él. Y a partir de ahí, los dos; en un duelo actoral de altura celestial, en planos largos donde la fuerza está en las frases del libreto y en la rotundidad de sus actuaciones, luchan para tirar de la cuerda; para saber quién de los dos tiene razón. Uno de los mejores papeles de toda su carrera, que le valió su tercera nominación al Oscar y el aplauso unánime del público. A pesar de su Oscar, La Duda se convirtió en la confirmación de su status de actor de primer orden, mirando a LA ACTRIZ a los ojos y sosteniendo, sin pestañear, un largo discurso en el que su personaje queda reducido a la nada, a la más cruda nada, por algo que él quería esconder y por lo cual tendrá que pagar. Un registro nuevo; el de lobo en piel de cordero, defendido con alma de tigre.

THE MASTER (Paul Thomas Anderson, 2012)

Quizás el último gran rol de su carrera. Un tour de force a la altura de los grandes maestros, dirigido por el cineasta que mejor lo conoció y lo supo explotar: Paul Thomas Anderson. En The master, a través de las sectas y del poder embaucador de las miradas, pero sobre todo de las palabras, juega al convencimiento con un pupilo no desde el principio tan docil y maleable, aunque sí pretendidamente ocupado en aprender, Joaquin Phoenix. Es una simbiosis perfecta la de los dos actores, porque unas interpretaciones tan veraces y tan medidas, que podrían perfectamente haber caído del lado del histrionismo y la falsedad, no existirían si no tuvieran su perfecta réplica en el contrario. Es ver esta cinta, verla ahora, y pensar todo lo que vamos a perdernos, si ha llegado, si llegó a hacer un papel de estas características, que habría más dentro de este animal interpretativo.

Es una pena porque era un absoluto maestro de un arte que a muchos se les escapa, en su sobreactuación, en su estilo teatral, en su dicción y sobre todo, en la conversión total en personajes tan radicalmente opuestos a su día a día. Pero Phillip lo conseguía con cada uno de ellos. Si algo puede servirnos de consuelo, es que Phillip ha fallecido pero sólo en su vida terrenal, nos quedan las múltiples vidas que vivió en cada personaje que interpretó. Y aunque pasen los años, aunque parezca olvidado, a los que realmente amamos este arte, le tenemos un lugar reservado en esta historia del cine. Esperamos que el diablo, nunca sepa que estás muerto, maestro.

Un artículo homenaje de Jorge Fernández-Mayoralas y David Blanco.

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