Her (Spike Jonze): Para los que aman de forma visceral incluso cuando no tiene ningún sentido hacerlo

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En algún momento todo había cambiado. Llegar a casa y encender el ordenador para ver si esa persona te había escrito. Abrir el skype y ver que ese icono se tornaba naranja y eso quería decir que esa persona estaba ahí, desde el otro lado del mundo. Los intentos de explicación a tus amigos, vecinos, familia, etc, eran en vano. Nadie entendía que nadie pudiera enamorarse sin haberse conocido. Pero lo cierto era que había alguien al otro lado del charco que sólo a través de un ordenador, de una máquina, de ese desprogreso humano que es la tecnología, te estaba dando la vida. Y surgía algo, no sé si mal llamado también relación. Surgía un amor trasnochado, una adolescente manera visceral de vivir un sentimiento que parecía tan puro. Surgían los miedos. El miedo a la soledad, el miedo del descreimiento. El miedo a ese mundo interactivo y digital tan deshumanizado y en código binario, sólo compuesto de ceros y unos. Pero lo cierto, de nuevo, era que el sentimiento estaba ahí, no tenía ningún sentido, creo, pero estaba amando de manera visceral a una persona que estaba al otro lado del mundo y a la que no había visto nunca en persona. Y el tiempo pasaba y seguía sin tener sentido, pero vivía esa emoción y esa sensación continua, de bienestar y de compañía constante. Y si tenía miedo, como su protagonista, era de llevarlo a la realidad, de hacer la relación física, corpórea y de que todo se rompiera.

En algún momento, las cafeterías o las discotecas, dejaron de ser las únicas casas de citas, apareció internet y los chats y las redes sociales jugaron sus cartas. Podías conocer a gente de todas partes del mundo, incluso con gustos similares a los tuyos a golpe de click. La globalización galopante,la criisis de valores o la deshumanización incipiente, estaban a la orden del día.

Y en esas llegó Spike Jonze, un tipo que con el cine hace magia, que había conseguido transmitir en innumerables videoclips, cortometrajes, guiones y largometrajes, las experiencias vitales y extrasensoriales que él había necesitado vivir. Lo mismo era capaz de hacer una película posmoderna y loca de la mano de ese gran guionista que es Charlie Kaufman: Cómo ser John Malkovich o Adaptation; como una adaptación, valga la redundancia de un gran libro para niños y no tan niños: Donde viven los monstruos. Y todo lo que tocaba, sin duda, era magia.

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Ahora explora nuevos caminos de la mano de Joaquin Phoenix, un actor que lleva demostrando años y años que es de los mejores en su oficio, las pruebas más recientes lo atestiguan: The master, Two lovers o I’m still here. Por cierto no confundir este I’m still here protagonizado por Joaquin Phoenix y dirigido por Casey Affleck con otro prodigio ejecutado por Spike Jonze, un cortometraje de menos de media hora que lleva por título I’m here y aquí teneis un trailer del mismo:

Spike Jonze, Joaquin Phoenix, el amor, la soledad, una voz, la tecnología, la progresiva deriva del hombre contemporáneo. El naufragio de la vida sin la compañía, la búsqueda constante y el incansable descanso ante la desidia de los días no vividos; los lugares no explorados; las personas no conocidas o las frases no dichas. Es una película melancólicamente bella, con un mimo y una delicadeza difíciles de encontrar.

La interpretación de Phoenix es tan cercana, sensible y veraz, que dejamos de ver durante dos horas a ese actor tan famoso y conocido y realmente vemos a Theodore, un hombre llegado casi a la cuarentena incapaz de sobrellevar el divorcio de su mujer y que pasa los días intentando no sentirse tan sólo, hasta que comienza a “conocer” a un sistema operativo de nombre Samantha (con la voz en versión original de Scarlett Johanson) se acaba “enamorando” perdidamente de ella. La ama de una manera visceral y no, no tiene ningún sentido hacerlo, porque Samantha sólo está compuesta de ceros y unos. Sólo tiene códigos binarios y sólo está programada para decir y hacer lo que el cliente, en este caso Theodore necesita.

Y vienen a mi memoria dos creaciones, una reciente y la otra un tanto más longeva, que son un capítulo de Black Mirror y aquella película que debió ser el testamento fílmico de Stanley Kubrick y acabó por ser una película de Steven Spielberg: Inteligencia artificial. En el primer capítulo de la segunda temporada de Black Mirror: Ahora mismo vuelvo. Las nuevas tecnologías permiten que tras una pérdida física y humana real, se pueda generar un robot a imagen y semejanza de la persona fallecida, con sus recuerdos, autonomía y voz del mismo. Esto da un poco de miedo, también, pero llegaremos estoy seguro. En ese nuevo Pinocho de Spielberg, el meollo de la cuestión era que superadas todas las mejoras tecnológicas referentes a los robots, aún quedaba el eslabón perdido, dotar a estas máquinas de aquello que realmente les separaba de la especie humana, y no hablamos del intelecto, porque todo se puede programar hoy en día. Una máquina puede “pensar y ejecutar” mucho más rápido que un hombre; hablamos de los sentimientos, de las emociones.

Theodore es ese ser solitario porque no le queda más remedio, ese desmedido amor que proyecta, parece sólo poder volcarlo en una pantalla, no en el día a día. Esa pantalla aparentemente tiene sentimientos y emociones y entonces ya hemos dado un salto inmenso. Enamorarnos de máquinas. Y aquí recordamos Lars y una chica de verdad, Air Doll o incluso el Tamaño natural de Berlanga. Pero las cosas cambian a niveles vertiginosos, la sociedad de la información, cada vez está más desinformada de lo que hay en sus interiores, cada vez ahondan menos en sus yo personales, se individualizan, consumen y se olvidan del mundo terrenal. La sociedad está contaminada, y en esas rarezas, Spike Jonze, es un maestro, sabe trazarlas y contarlas con sensibilidad.

No ganará el oscar esta cinta, como tampoco lo hizo Donde viven los monstruos, no lo ganará ni siquiera Nebraska de Alexander Payne, pero Her es puro cine posmoderno, es una amalgama de sensaciones y una melómana muestra de que compartiendo, sintiendo, siendo sensibles a los palpitares del otro; el mundo sería más bonito, más justo. Her es la mejor película nominada este año, y no lo ganará como para el que según el que suscribe estas líneas no gana la mejor película en los Oscar, desde el año 1999: American beauty.

Compartiendo soledades y revitalizando energías, utilizar las máquinas en nuestro provecho y no que las máquinas nos posean a nosotros. Amar por el placer de hacerlo, pero sin pasarnos, para no sufrir y ser consciente en todo momento de que lo que tenga que ser será.

Esta preciosa canción de Karen O, está nominada al Oscar a mejor canción y es sólo una muestra del prodigioso trabajo que ha realizado el grupo Arcade Fire para componer el resto de su banda sonora.

Para muchos que escribimos, es desde hace unas semanas nuestra música de cabecera a la hora de enfrentarnos a la hoja en blanco. Una delicia que con permiso de Desplat (Philomena) o la Banda Sonora de Gravity injustamente nominada, debería llevarse el Oscar de la Academia.

En definitiva, una película 10, la mejor de las nominadas, sólo a la altura de Nebraska, pero un año más, los académicos de Hollywood, no sabrán reconocerlo. La balanza, casi seguro, caerá del lado de 12 years a slave, la película menos personal e interesante de ese prodigio llamado Steve Mcqueen.

Supongo, que como muchas veces escuchamos, incluso también a través de las máquinas, la Academia estará dispuesta a tutear a Her y decirle: Te quiero, pero sólo como amigo.

Her se estrena en cines de toda España, el 21 de febrero del año 2014. Los que améis el cine y los que améis sin más. A los que os duela amarlo y a los que os duela amar, por favor, id a verla. No seréis mejor personas después pero es muy probable que seáis MÁS personas.

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